Sermón Semanal
 
 

 

 

Con la piedra en la mano.

Juan 8:1-11

Vinieron a Jesús con versículos bíblicos en los labios: “Moisés nos ordenó…” Levítico 20:10; Deuteronomio 22:24

Seguramente no encontraron a esta mujer por casualidad, sino que la estuvieron espiando para sorprenderla.

Siendo que el adulterio se penaba con la muerte, quienes se aventuraban en tales cosas se cuidaban de no ser descubiertos. ¿Cómo fue que los fariseos la descubrieron?

A los fariseos no les importaba que se matara a una mujer, si con ello le ganaban a Jesús. Citaron la Biblia, pero sin consideración por la vida de una persona. Le preguntaron a Jesús cuál era su opinión, ¡en un caso de vida o muerte!, aunque ellos ya habían juzgado.

A veces somos tan fariseos como los fariseos que criticamos por su falta de amor. Juzgamos a los demás, espíamos para ver cómo viven. A veces venimos a Jesús con preguntas de las cuales ya tenemos la respuesta. Sólo quieremos saber si Jesús piensa como nosotros.

Aquel de ustedes que esté sin pecado, que arroje la primera piedra. Juan8:7
Romanos 3:10-12

No me imagino cómo estaría temblando la mujer a punto de ser lapidada. Los fariseos ya la habían sentenciado. Seguramente había piedras por todas partes. El odio y la falta de amor y compasión sobraban en los líderes religiosos. ¿Qué iba a suceder ahora?

Pero Jesús es diferente. Él no sentencia a la ligera, ni está cargado de odio, ni le falta compasión.

Jesús guarda un respetuoso silencio, no para ignorar a los fariseos, sino para poner las cosas en perspectiva. Luego habla, involucrando a cada uno de los acusadores: “Aquel que esté sin pecado…” No hizo falta decir nada más. Ahora el silencio fue mayor. Las acusaciones ahora apuntaban a otro lado. Los versículos bíblicos que condenaban, ahora se dirigían a los fariseos. Jesús les dio el tiempo necesario para que sus conciencias los acusaran y se fueran alejando, vencidos.

Los fariseos se fueron vencidos, pero no avergonzados por Jesús. Él ni siquiera levantó la vista. Él no avergüenza a nadie. Él vence con amor.

Los silencios de Jesús son para hacernos pensar, para que aprendamos a poner las cosas en perspectiva,  y para que su ley obre en nosotros mostrándonos que somos tan pecadores como los demás. Él no nos arrojó piedras, no nos avergonzó por nuestro pecado. Él nos venció con su amor.

Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más. - Juan 8:11

¡Qué alivio para esta mujer! Ella estaba condenada por los fariseos y por la Palabra; la sentencia de muerte era justa. Sin embargo, fue perdonada. Mientras el “juicio” era llevado a cabo, ella no tuvo oportunidad de decir nada. Su corazón palpitaba fuertemente esperando la sentencia, pero lo que sucede a continuación es totalmente diferente: Jesús se endereza, y le da la absolución. La mujer es  “sentenciada” por el amor de Dios que pasó por alto el grave pecado de adulterio y la envió a vivir una nueva vida. Su historia tuvo un final feliz, inesperado, y eterno.

Nosotros estamos condenados por la Palabra. La sentencia al infierno es justa.

 Fuimos, y somos,  sorprendidos en pecado a cada momento. A veces tampoco faltan quienes nos acusan. Y ahí estamos, solos, delante de Jesús, desnudos con nuestro pecado, exhibiendo nuestra vergüenza. Sin embargo, nuestra historia también tiene un final feliz gracias a la muerte y resurrección de Jesús, que cambió nuestra vergüenza en alegría, nuestro infierno en su cielo, y nuestra muerte en vida eterna.

Jesús tampoco nos condena, sino que nos perdona y nos envía a vivir una vida donde reina el amor y no nuestro pecado. Jesús se enderezó desde la cruz, y nos dio la absolución.

 

 

 

 

 

Que Dios les bendiga

Pastor Saúl Vega Saldaña